jueves, 10 de febrero de 2011

una reacción tardía

Tengo dos años y meses en el periodismo. Durante este tiempo tuve la suerte de entrevistar a más de cien personas y pensé que contaba con la experiencia suficiente para hacer las preguntas a ojos cerrados. Me equivoqué, rotundamente estaba en un gran error.
Hoy, jueves 10 de febrero, con esa convicción de ser "el gran entrevistador" fui a mi comisión creyendo que saldría triunfante y con abundante información pero cuando llegué a la oficina de este ejecutivo en lugar de intercambiar un "buenas tardes", su parlamento fue "yo no hablo de esto y de aquello y mucho menos de lo otro". Resultado, una conversación sin sazón, sin esa pepa que debía conseguir a toda costa.
Ahora que estoy sentado frente al monitor y después de haberme tragado el gesto de desagrado de mi jefe (y no era para menos, creo que en su lugar yo también hubiera hecho lo mismo) pienso que debí tener dos reacciones: irme o exigirle.
Si analizo la primera, creo que en lugar de una mala cara hubiera tenido toda una lluvia de frases poco a nada agradables al oído.
En tanto que la segunda opción considero hubiera sido la mejor, porque debí emplear algunas tácticas para lograr que mi entrevistado soltara mayor información y si bien no hubiera sido lo más relevante, definitivamente que el triunfo estuviera de mi lado.
Lo bueno de esto es que me permitió darme cuenta que no estoy del todo preparado y que aún tengo mucho que aprender y sobre todo que debo tener la reacción en la punta de la mente si quiero destacar en este mundo periodístico.

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